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El temor al fracaso

El miedo más común es el temor al fracaso. Infortunadamente muchas personas desde temprana edad aprenden que el fracaso es algo que debe ser evitado a cualquier precio y con el tiempo buscan no sólo evitar el fracaso, sino evitar cualquier acción que pueda atraer la crítica de aquellos que les rodean; evitan cometen cualquier tipo de error y al buscar esta seguridad terminan viviendo vidas mediocres, temerosos de tomar cualquier tipo de riesgos, incapaces de tomar cualquier decisión por “miedo al que dirán”; ellos adquieren el hábito de concentrarse en pasados reveses y permiten que estos opaquen las oportunidades que puedan presentarse en el futuro.

 

Una manera de combatir el fracaso es perseverando hasta lograr nuestro cometido.

Perseverancia significa dar el máximo esfuerzo en la concentración total de aquello que le conducirá al logro de sus metas y hacerlo hasta que estas metas sean una realidad.

 

Curiosamente en la persona promedio la persistencia parece ser una de esas cualidades que va desapareciendo a medida que pasan los años. Cuando el niño comienza a dar sus primeros pasos, cae y se vuelve a parar y trata una y otra vez y si tiene hambre, hum... bueno, aquellas personas que han criado niños saben la enorme persistencia que ellos poseen.

 

Para el niño en edad de crecimiento el fracaso no es una alternativa; no obstante, a medida que seguimos creciendo, con mayor frecuencia comenzamos a caer víctimas de las influencias negativas de muchas de esas personas que nos rodean; comenzamos a prestar más atención a las advertencias de aquellos que suelen concentrarse en los problemas y que se encargan de mostrarnos nuestras debilidades y como resultado, poco a poco vamos perdiendo la confianza en nosotros mismos; empezamos a creer en todo aquello que oímos y rehusamos tratar algo nuevo, simplemente por miedo a fracasar y si experimentamos un tropiezo, si fracasamos en una de nuestras aventuras y no alcanzamos la meta que nos habíamos propuesto en la fecha que habíamos dicho, podemos estar seguros que nunca faltará alguien que rápidamente venga a nuestro lado para decirnos: “Ve, se lo dije; se lo advertí; de eso más bien olvídese de todas esas fantasías, de querer llegar allí o alcanzar aquello; confórmese con lo que tiene y de gracias que la caída no fue mayor”.

 

Y es triste ver cuantas personas, en ese momento, renuncian a lo que días antes era uno de sus más grandes sueños. El fracaso no es más que otra manera de hacer las cosas, quizá no la más apropiada, pero es indudable que de él podemos aprender.

 

El fracaso en algunas ocasiones enseña mucho más que el éxito mismo, porque nos obliga a detenernos y a recapacitar acerca de lo que estamos persiguiendo y acerca de los medios que estamos utilizando.

 

Es importante no confundir fracaso con fracasado. El fracaso puede ser nuestro mejor aliado en alcanzar nuestras metas, puesto que nuestros errores nos dan la oportunidad de aprender.

 

El verdadero fracasado es aquel que decide, no sólo identificarse con su error, sino que se adueña de él y lo utiliza como excusa para justificar su retirada.

 

Los grandes triunfadores fueron aquellos que experimentaron caídas y fracasos en mayor grado que la persona común y corriente. Se calcula que tanto como un ochenta por ciento (80 %) de los vendedores más productivos en el campo de las ventas son aquellos que han experimentado el mayor número de rechazos y que han recibido el mayor número de “no”. Babe Ruth, quizá el beisbolista más famoso de todos los tiempos, aún mantiene el récord, pues fue quien más falló a la hora de batear; no obstante, su persistencia fue la causante que por muchos años también sostuviera el récord de mayor número de homrrones.

 

Hoy por hoy, los beisbolistas mejores pagos, con sumas mayores a los 5 millones de dólares al año, logran pegarle a la pelota, en promedio, tres (3) de cada diez (10) veces; la persistencia logra inclusive convertir una efectividad tan pobre como ésta, en una poderosa arma.

 

Muy pocas personas han fracasado tantas veces como lo hiciera Tomás Alba Edison en su camino hacia la invención de la bombilla eléctrica. Cuando parecía que todo estaba perdido, un periodista del New York Times le preguntó: ¿Supongo que debe ser desanimante el enfrentar tantos fracasos?. ¡Fracasos!. “Estos no son fracasos”, le respondió Edison. “Cada uno de estos ensayos es un eslabón que me acerca más al éxito y me indica como no debo hacer las cosas la próxima vez, para lograr mi cometido”.

 

Después de más de cinco mil intentos fallidos, la bombilla eléctrica era una realidad. Su persistencia y su arduo trabajo fueron, sin lugar a dudas, los factores responsables por su éxito.

 

Varios estudios han demostrado que tanto como un ochenta por ciento (80 %) de las ventas se realizan después del quinto (5º) contacto con nuestro cliente potencial; sin embargo, esos mismos estudios demostraron que un cuarenta y ocho por ciento (48 %) de los vendedores renuncian después de haber hecho un primer contacto; que un treinta por ciento (30 %) se daba por vencido después del segundo; que un doce por ciento (12 %) no llamaba al cliente potencial más de tres veces y que solo un diez por ciento (10 %) de los vendedores persistían en llamar y contactar a sus clientes potenciales y como resultado, ellos eran responsables de un ochenta por ciento (80 %) de las ventas.

 

Los resultados hablan por sí solos. Sólo aquellos que persisten triunfan. Indudablemente, uno de los remedios más eficaces contra el temor al fracaso es la persistencia. Ese temor al fracaso es una fuerza motivacional interna que motiva a las personas a nunca tratar nada, que ofrezca tan siquiera la más remota posibilidad de fracaso; su estrategia se limita a evitar toda actividad que conlleve riesgo alguno y rehusarse a tan siquiera tratar nada nuevo. 

 

 Tanto la persona sedienta de triunfo, como aquella temerosa del fracaso, están juntas, motivadas por la necesidad de sentirse bien acerca de sí mismos; estos son simplemente dos enfoques totalmente opuestos, que buscan satisfacer la misma necesidad; el primero se enfoca en las consecuencias positivas y en los beneficios que traerá consigo el logro de determinada meta, el segundo tiende a enfocarse en las consecuencias negativas que el fracaso en alcanzar dicha meta, pueda representar.

 

La filosofía del fracasado puede resumirse en las siguientes palabras: “Si no logras triunfar en el primer intento, asegúrate de destruir toda evidencia de que trataste”. No se preocupe por el fracaso, este no es importante, a menos que sea la última vez de que usted va a intentarlo.

 

Preocúpese por todas las oportunidades que perderá sin tan siquiera lo intenta. Si falla la primera vez, vuelva a intentarlo, si falla la segunda vez, examine en donde está la falla, cambie las estrategias o los planes, si es necesario; pero nunca cambie los objetivos o desista de sus metas. Recuerde que el éxito suele protegerse muy bien y ser escurridizo para asegurase que solo aquellos que en verdad lo anhelan, puedan alcanzarlo.

 

No se concentre en sus debilidades o éstas le corresponderán haciendo de usted su casa; recuerde la historia de Sir Edmund Hilary, el primer hombre en escalar el monte Everest, él no logró esta espectacular hazaña en su primer intento, o en el segundo; es más,  durante esas primeras veces algunos de sus expedicionarios murieron en el intento. 

 

 En cierta ocasión Sir Edmund Hilary era el invitado de honor de una reunión que se iba a realizar como homenaje a su coraje y persistencia, pese a que aún no había logrado su cometido. En aquella ocasión, cuenta la historia, que él hizo su aparición por la puerta trasera en aquel gran salón, en el cual se encontraban cientos de personas que asistían a brindarle sus respetos y que tan pronto como ellos le vieron comenzaron a aplaudir y desde la parte de atrás Sir Edmund Hilary podía ver la enorme fotografía del monte Everest que adornaba el escenario.

 

Lentamente él empezó a caminar sin quitar sus ojos de aquella majestuosa e imponente montaña, casi ignorando los aplausos que se ofrecían en su honor. Al estar a solo unos metros de aquella postal, se detuvo y sin mirar a la audiencia que ahora se encontraba a sus espaldas, levantó la mano y airadamente batió su puño mientras decía: “Tu,  has ganado esta vez, pero tu no vas a crecer un centímetro más, en cambio yo todavía estoy creciendo”.

 

Su persistencia fue la principal causante que, un tiempo después, Sir Edmund Hilary triunfara en su intento por conquistar el pico más alto del mundo. Los grandes triunfadores, los grandes líderes de nuestros tiempos siempre se han caracterizado por ser perseverantes; recuerden que el Coronel Sanders tuvo que visitar 1.006 bancos, antes de obtener el préstamo para empezar el restaurante que él llamó “Kentuky Fried  Chicken”, hoy el restaurante de pollo frito más grande del mundo.

 

Abraham Lincold fue elegido Presidente de los Estados Unidos después de veintiocho años durante los cuales este gran hombre anduvo persiguiendo un sueño; veintiocho años de derrotas, caídas y fracasos.

Dieciocho editores rechazaron el libro Juan Salvador Gaviota de Richard Deil, antes de que éste fuese publicado en 1.970 y en 1.995 había vendido más de siete millones de ejemplares en la Estados Unidos únicamente. He ahí la diferencia entre el triunfador y el fracasado.

Hay un proverbio japonés que dice: “No importa que te caigas siete veces, mientras que te levantes ocho”.

 

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